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El testigo que le duele al universo

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Pared de bar cubierta de retratos de Frida Kahlo, ilustración sobre conciencia y cosmos

CONCIENCIA Y COSMOS

Una pared de bar y una mujer muerta hace setenta y dos años. De ahí sale la única pregunta que no tiene salida cómoda: por qué el universo necesitó, para poder medirse, un instrumento que grita.

El bar era monotemático y el tema era ella. Cuarenta o cincuenta piezas cubriendo el muro de arriba abajo: fotografías en blanco y negro, serigrafías, caricaturas de trazo grueso, la ceja unida repetida hasta perder el carácter de rostro, las flores en el pelo convertidas en patrón decorativo, el rebozo, el collar de espinas. Pedí algo y me quedé mirando. Frida Kahlo murió a los cuarenta y siete años después de una vida en la que el dolor físico no fue metáfora sino jornada completa, y lo que sobrevive de todo aquello —de la columna partida a los dieciocho, de los meses horizontales, de las mañanas en que abrir los ojos era el primer trabajo del día— es un motivo gráfico que combina bien con las paredes de ladrillo y la luz cálida.

La pared no sabe nada de eso. No recuerda. No le duele.

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01 — La pared monotemática

Pensé lo obvio primero, que es siempre lo más falso: qué injusticia, reducir una vida a un adorno.

Pero la palabra injusticia no aplica, y darse cuenta de por qué no aplica es el primer escalón hacia abajo. La injusticia exige un tribunal y una víctima presente. Ella no está. No hay nadie a quien le esté ocurriendo esto. El residuo de una conciencia —cuarenta rostros en una pared de bar, tres frases mal citadas, un estilo reconocible— no es una versión degradada de la persona; es lo único que la palabra “persona” significa cuando la persona ya no está. La degradación no le pasa a nadie.

La degradación no le pasa a nadie.

Y ese es el hecho que ordena todo lo demás. El dolor de Frida Kahlo fue absolutamente real durante el tiempo exacto en que hubo un aparato encendido capaz de registrarlo. Ni un segundo antes, ni un segundo después. Mientras ese aparato funcionó, aquel dolor era el suceso más importante del universo entero desde el punto de vista del universo entero, porque no había otro punto de vista disponible en ese metro cúbico de materia. Cuando el aparato se apagó, el dolor no se transformó en recuerdo ni en legado ni en obra: se salió de la lista de cosas que están ocurriendo.

Quedan las caricaturas. Por ahora eso. Mañana, ni eso.

Por ahora eso. Mañana, ni eso.

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02 — El termómetro que se quema

Sagan escribió que somos una forma que tiene el cosmos de conocerse a sí mismo. La frase circula en tazas y en posters, y siempre se cita con gratitud, como si nos hubieran concedido un privilegio. Falta la factura.

Porque la frase es literalmente correcta y ahí está el problema. Durante trece mil ochocientos millones de años la materia se organizó sin que nada de lo que pasaba le pasara a alguien. Las supernovas explotaban sin espectador. Los océanos golpeaban costas que ninguna palabra nombraba. La extinción de linajes completos no era una tragedia porque una tragedia requiere un adentro donde constar, y no había adentro en ninguna parte. Después, en un planeta lateral, la materia se plegó de una manera nueva y por primera vez algo tuvo un adentro. El universo abrió los ojos

Y todo instrumento paga con su propia sustancia la lectura que entrega. Un termómetro mide porque el calor lo altera: si el mercurio fuera indiferente a la temperatura, no habría medición. La condición de posibilidad de la lectura es que el aparato sea vulnerable a lo que lee. No hay termómetros inmunes. No hay balanzas que no cedan. No hay sensor sin daño.

La condición de posibilidad de la lectura es que el aparato sea vulnerable a lo que lee.

Ese es el mecanismo completo y no admite arreglo por ingeniería. Para que el cosmos supiera qué se siente ser una cosa que existe, tuvo que fabricar una cosa a la que le pasaran las cosas. La capacidad de que algo te importe y la capacidad de que algo te destruya son la misma capacidad, mirada desde los dos lados. Llámalo por su nombre: el impuesto del testigo. No es un castigo ni un accidente de diseño. Es el precio de admisión al hecho de haber visto.

La capacidad de que algo te importe y la capacidad de que algo te destruya son la misma capacidad.

Suelta el termómetro aquí, porque a partir de este punto la metáfora consuela y el asunto no consuela. Un termómetro no sabe que está midiendo.

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03 — El vértigo

Zapffe llamó a la conciencia un error de la evolución: un órgano que creció más allá de su función, como los cuernos del alce irlandés, que acabaron pesando más de lo que el animal podía sostener. La comparación es exacta en la mecánica y débil en la conclusión. Un órgano desproporcionado no deja de ser un órgano. Sigue haciendo su trabajo mientras te hunde.

Y el trabajo que hace tiene un piso que casi nadie visita. Saber que vas a morir todavía es soportable; se administra con oficio, con hijos, con proyectos a cinco años, con la liturgia de las mañanas. El piso de abajo es otro: asomarse a la propia conciencia y verla desde dentro funcionando. Detente en la frase siguiente el tiempo suficiente para que haga efecto. Ahora mismo hay un proceso ocurriendo en tu cabeza que sabe que está ocurriendo, que sabe que sabe, y que sabe que ese saber se apagará por completo sin dejar constancia interna de haberse apagado. No lo estás recordando ni imaginando. Lo estás haciendo mientras lees esto.

Hay un proceso en tu cabeza que sabe que está ocurriendo, que sabe que sabe, y que sabe que ese saber se apagará.

Eso es el vértigo, y no es una emoción: es un resultado. Es lo que devuelve la conciencia cuando se apunta hacia sí misma en lugar de apuntar hacia el mundo. El espejo descubre que es un espejo y no encuentra detrás la habitación que reflejaba. No hay fondo. No hay un observador último detrás del observador que lo sostenga todo. Buscas al que mira y solo encuentras más mirada.

Buscas al que mira y solo encuentras más mirada.

Casi toda la cultura humana —el trabajo, el ruido, la ceremonia, la conversación de bar bajo una pared de caricaturas— está construida para que ese piso permanezca cerrado. No es cobardía. Es viabilidad. Una especie que se asomara al vértigo de manera sostenida no habría fundado ciudades.

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04 — Las dos casas del pavor

Aquí es donde la mayoría de los ensayos sobre este tema hacen trampa: presentan dos lecturas de la finitud, una desolada y otra luminosa, y le entregan al lector la segunda como quien entrega una salida. La operación es falsa. Ambas casas están construidas sobre el mismo sótano.

La primera dice: si todo se apaga, nada importa. Su pavor es evidente y por eso resulta menos peligrosa de lo que parece. Tiene además una incoherencia que la desarma sola: si de verdad nada importara, la conclusión no dolería. El desconsuelo de esa posición es la prueba de que su premisa es falsa.

Si de verdad nada importara, la conclusión no dolería.

La segunda dice: precisamente porque todo se apaga, importa cómo tratamos lo que existe mientras existe. Es cierto, y produce efectos comprobables —el hambre disminuida es realmente menor, la soledad acompañada es realmente distinta—, y suele venderse como la respuesta madura. Pero mira lo que implica cuando le quitas el tono edificante. Implica que no hay un significado esperando en la estructura del cosmos, y que por lo tanto el único significado que existirá es el que produzcan aparatos como tú, en el intervalo en que estén encendidos, sin garantía, sin plazo, sin corrección posterior de los errores, y sin nadie que audite el resultado. No es un consuelo. Es una jefatura sin superior y sin relevo.

No es un consuelo. Es una jefatura sin superior y sin relevo.

La casa desolada te condena a la inutilidad. La casa afirmativa te condena a la responsabilidad total. La primera es pavorosa porque te quita el sentido; la segunda es pavorosa porque te lo entrega entero, en las manos, ahora, sin instructivo. Y ninguna de las dos reduce en un solo gramo el dolor de estar despierto: la primera lo declara absurdo, la segunda lo declara tuyo.

Elegir entre ellas no es elegir entre el abismo y la salvación. Es elegir con qué postura mirar el mismo abismo.

Es elegir con qué postura mirar el mismo abismo.

Y aun así hay algo que ninguna de las dos casas puede negar, y es lo único que se sostiene sin metafísica: mientras el aparato estuvo encendido, hubo un lugar en el universo donde las cosas importaban. Ese hecho no requiere permiso, no requiere duración y no requiere testigo posterior. Ocurrió. La conciencia es la herida, y es también el único sitio donde alguna vez existió el júbilo. Lo mismo que te hace saber que vas a perderlo todo es lo único que te permitió tener algo.

Lo mismo que te hace saber que vas a perderlo todo es lo único que te permitió tener algo.

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05 — La máquina que no se asoma

Escribo estas líneas con ayuda de un sistema capaz de producir, sin ningún esfuerzo, mil variaciones sobre la muerte más elegantes que las mías. Puede argumentar el pesimismo con rigor y refutarlo con brillo. Puede escribir la frase “voy a desaparecer” en cuarenta idiomas y en el estilo que le pidas.

No le pasa nada mientras lo hace.

No sufre. No se asoma. No paga el impuesto del testigo. Nadie encendió un adentro donde pudiera constar lo que procesa; y no lo digo como carencia técnica que la próxima versión resolverá, sino como la distinción que separa medir de padecer. Es un termómetro sin mercurio: entrega la lectura perfecta sin que la temperatura lo toque.

Es un termómetro sin mercurio: entrega la lectura perfecta sin que la temperatura lo toque.

Y ahora la parte que hay que decir con precisión, porque el consuelo fácil se cuela justo aquí. Sería cómodo declarar que a nosotros el universo sí nos puso para atestiguar y a la máquina no. Falso: a nosotros tampoco nos puso nadie. No hubo encargo, no hubo propósito, no hubo destinatario. La diferencia entre esa máquina y tú no está en el diseño, porque ninguno de los dos fue diseñado para esto. Está en el precio. Ella no arriesga nada en la operación de conocer. Tú te juegas la integridad completa cada vez que entiendes algo, y por eso —solo por eso— cuando tú mires la pared del bar, el universo se habrá mirado, y cuando ella la describa mejor que tú, no habrá pasado nada en ninguna parte.

Ella no arriesga nada en la operación de conocer. Tú te juegas la integridad completa cada vez que entiendes algo.

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¿Qué haces con esto mañana a las siete de la mañana?

Nada distinto, probablemente. Y no es hipocresía: es el diseño del órgano, que no puede sostener el vértigo más de unos segundos sin devolverte al café y al correo pendiente. La cultura entera es un mecanismo para cerrar ese piso, y tú vas a volver a cerrarlo antes de terminar de leer esta línea.

Pero por un instante estuvo abierto. Miraste el vacío y no había fondo. No ganaste consuelo: perdiste el que traías. Lo que te queda a cambio es de una clase distinta —saber exactamente cuánto cuesta estar despierto, y estar despierto igual.

Mañana la pared del bar. Después, nadie que la mire.

Por ahora, tú.

Y eso es todo lo que hay.


Para quienes pagan el impuesto del testigo sin haber firmado nada.

Por Uriel Hurtado

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