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Maestría en influencia: 17 palabras mágicas para obtener lo que quieres

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Estas técnicas, extraídas del libro “Exactamente Qué Decir”, se centran en apelar al subconsciente, cambiar la dinámica de la conversación y guiar las decisiones de los demás de manera sutil pero efectiva. El contenido aborda desde cómo formular preguntas para obtener un “sí” predecible, hasta cómo manejar objeciones, motivar a la acción o resolver desacuerdos.

Transcripción completa presentada como un diálogo fluido sobre la influencia y el lenguaje.


—Bienvenidos a este análisis donde exploramos el poder, a veces sorprendente, del lenguaje. Hoy nos vamos a meter a fondo en cómo ciertas palabras, ciertas frases muy específicas pueden cambiar radicalmente una conversación.

—Exacto.

—Y no hablamos de manipular, sino de buscar un entendimiento más real, más profundo, que al final aporte valor a todos.

—Justo eso. Nos basamos en ideas del libro Exactly What to Say, The Magic Words for Influence and Impact. Y la clave es esa: pequeños ajustes en cómo hablamos pueden abrir puertas.

—Vale, pues vamos a desgranar esto. A mí lo que me llama la atención de entrada es la idea de que estos cambios funcionan porque no van tanto a la lógica, ¿no? Sino que conectan con algo más subconsciente.

—Se explica muy bien con ejemplos rápidos. Piensa en la diferencia entre decir “¿Puedo tener tu número?”… ¿Eso es un sí o un no?.

—Claro.

—Y decir: “¿Cuál es tu número?”. ¡Uf! Es que casi das por hecho que te lo van a dar. Encaminas la respuesta.

—¿Ya? O el otro ejemplo, el de las magdalenas. Si dices “¿Quieres una o dos?”, pues vale, es neutro, sí. Pero si cambias a “Te bastarían dos magdalenas”, esa palabra bastarían te empuja sutilmente a pensar que dos es lo normal, ¿no?.

—Totalmente. Es curioso cómo esos detallitos funcionan casi sin que nos demos cuenta. Y funcionan porque nuestra mente busca atajos, patrones, y estas frases se aprovechan un poco de eso en el buen sentido para facilitar la comunicación. Si te parece, vamos viendo algunas de estas frases agrupadas un poco por para qué sirven.

—Perfecto. Empezamos por las que buscan abrir la mente del otro, crear receptividad. La primera es “¿Tendrías la mente abierta para…?“. Suena muy amable, pero ¿dónde está el truco?.

—Pues mira, el truco está en que toca algo muy nuestro: la identidad. Casi todo el mundo quiere verse como alguien de mente abierta, razonable. Entonces, si te preguntan si tendrías la mente abierta y dices que no, pues como que quedas mal contigo mismo, ¿no? Contradice esa imagen que tienes.

—Entiendo. O sea, no pides que se comprometan ya, solo que estén dispuestos a escuchar. En lugar de “¿Consideras este nuevo enfoque?”, sería más como “¿Tendrías la mente abierta para darle una vuelta a un enfoque distinto en este proyecto?“.

—Exactamente. Quita la defensividad inicial, se centra en la posibilidad, no en la acción ya mismo. Y siguiendo en esa línea de bajar la presión está la frase: “No sé si es para ti, pero…“.

—Lo es, lo es, por dos cosas. Primero, empezar así, “No sé si es para ti“, es como decir “Tranki, que no hay presión”. Y eso curiosamente relaja a la otra persona y puede que hasta le pique la curiosidad. Y segundo, la palabra pero es como un foco. Neurológicamente, lo que va antes del pero pierde peso y lo que va después capta la atención.

—O sea, que aunque empieces con esa duda, lo que realmente cala es la idea que sueltas después. Podría ser útil, por ejemplo, para sugerir algo sin ser pesado: “Mira, no sé si es para ti, pero he descubierto una forma de organizar las tareas que es bien bastante. ¿Quieres que te cuente?”.

—Correcto. Ayuda a quitar el miedo al rechazo para el que habla y para el que escucha. Y hablando de abrir posibilidades, la frase “Tan solo imagina” me parece muy potente.

—Es que es así. La imaginación es donde cocinamos la decisión. Si invitas a alguien a imaginar, le estás ayudando a visualizar el resultado: “Tan solo imagina cómo sería conducir ese coche nuevo” o “Tan solo imagina la paz de no tener deudas”. Y eso conecta con la emoción, que es un motor mucho más fuerte que la lógica pura para que la gente actúe.

—¿Vale? Y si vemos venir un no, una negativa casi cantada, ¿hay alguna forma de intentar abrir una pequeña puerta? Se sugiere usar “Antes de que te decidas“.

—Sí, esta es como una pausa estratégica. Justo cuando parece que te van a cerrar la puerta en las narices con un “No me interesa”, si metes un “Oye, antes de que te decidas…”, puedes dar un último dato o una perspectiva diferente.

—No fuerzas, pero invitas a pensarlo un poquito más.

—”Vale, descartamos ese sitio. Pero antes de que te decidas, miramos estas fotos”. Es como dejar una rendija abierta.

—Eso es. No te garantiza que cambien de opinión, ojo, pero sí te da una última oportunidad de forma elegante. Vale, ya hemos abierto la puerta, pero ¿qué pasa si encontramos resistencia o si la conversación se queda atascada?

—Aquí entramos en terreno pantanoso. Una frase para esto es “Solo por curiosidad“. ¿Cómo funciona esto ante el típico “Tengo que pensarlo”?.

—Pues funciona porque cambia el tono. En vez de sonar a interrogatorio, usas un tono de curiosidad genuina, sin amenaza: “Oye, solo por curiosidad, ¿qué punto necesitarías aclarar para sentirte más cómodo?”.

—Y es importante el silencio después, ¿verdad? Dejar que respondan.

—Fundamental. Ese silencio invita a que la persona sea honesta. O te dice cuál es su preocupación real y la abordas, o se da cuenta de que no tiene una objeción clara y eso desbloquea la situación.

—Me parece muy útil para buscar una comunicación más honesta. Otra situación típica es la objeción del precio, que muchas veces esconde otra cosa. Se sugiere usar “Si yo puedo, ¿tú lo harías?“.

—No tiene por qué ser comprometerse. Es más una pregunta para diagnosticar, para aislar el problema. Si alguien te dice “Es muy caro” y tú preguntas “Vale, si yo pudiera ajustar el precio, ¿entonces sí te interesaría?”, su respuesta te dice si el precio era el problema real o no.

—Ya veo. Si dicen no, el problema está en otro lado.

—Exacto. No te obliga a bajar el precio sí o sí. Solo te da la información clave para saber dónde está el atasco de verdad y no perder el tiempo.

—Vale. Y para los seguimientos, cuando alguien dijo que haría algo y sospechamos que no lo ha hecho, la frase “Supongo que aún no has podido” suena rara. Casi como dar por hecho que ha fallado.

—Suena rara, pero ahí está la gracia. Te adelantas a la excusa típica (“no he tenido tiempo”) y la desactivas antes de que la usen. Pones a la otra persona en una situación donde lo más fácil es ser honesto.

—Como llamar a un cliente y decir: “Hola Juan, supongo que con todo el lío que llevas aún no has tenido tiempo de hablar con tu socio, ¿verdad?”.

—Es que la reacción es curiosa. O responden casi con orgullo “Pues sí que hablé”, quitándote la razón, o sienten un puntito de culpa que les empuja a decir “Pues mira no, pero me pongo ahora”. Funciona por una mezcla de psicología social y querer cumplir la palabra dada.

—Interesante. Y para entender mejor algo que nos dicen y nos choca, “¿Qué te hace decir eso?“. Parece simple, pero ¿qué consigue?.

—Consigue varias cosas importantes. Te devuelve un poco el control sin ser agresivo y pides que aclaren sin juzgar. Obliga a la otra persona a bajar de una afirmación general a explicar por qué lo piensa.

—Entiendo. Ayuda a rascar un poco. Si un compañero dice “No tengo tiempo”, preguntar qué le hace decir eso puede sacar a la luz la razón real: “Porque tengo tres entregas urgentes”.

—Justo. Te permite entender la raíz del asunto y buscar soluciones de verdad.

—Vale, cambiemos de tercio. Hablemos de cómo empujar la conversación hacia una decisión. La frase “¿Cuándo sería un buen momento?” ataca directamente a la excusa del tiempo.

—Sí, le da la vuelta. Asumes que el tiempo existe y solo hay que encontrar el hueco. Cambia el foco del si se va a hacer al cuándo se va a hacer.

—Y una vez que parece que hay acuerdo, ¿cómo evitamos que nadie sepa qué toca hacer ahora? Se propone preguntar: “¿Qué pasa a continuación?“.

—Pero ojo, no es preguntar “¿Y ahora qué quieres hacer?”, porque eso devuelve la pelota. La idea es explicar tú cuál es el siguiente paso lógico y justo al final hacer una pregunta muy sencilla relacionada con ese paso.

—Como el agente inmobiliario que explica el proceso y acaba preguntando: “¿Cuál es tu mejor email para mandártelo?”. Si respondes dando el email, tácitamente estás aceptando el paso anterior.

—Es una forma de guiar suavemente hacia la acción. Ahora, otra forma de quitar fricción es usar la prueba social con la frase “La mayoría de la gente“.

—Es un instinto muy básico de seguridad. Si la mayoría hace algo, pensamos que es lo normal y seguro. Decir “La mayoría de la gente en tu situación empieza probando la opción B” suena tranquilizador.

—Entiendo. Y para situaciones donde hay muchas opciones, se recomienda estructurar con “Tienes tres opciones“.

—El número tres es fácil de manejar. La técnica es presentar primero las opciones más difíciles y dejar para el final la que tú crees que es mejor.

—Claro, por contraste. Esa última suele parecer la más lógica y sencilla.

—Y rematas con “¿Cuál te resulta más fácil?”. La propia estructura ya guía un poco.

—Y parecido, pero más directo, es lo de “Hay dos tipos de personas“. Esto juega fuerte con la identidad.

—Sí, crea una división muy clara entre quienes hacen algo negativo/pasivo y quienes hacen algo positivo/activo. La mayoría busca identificarse con la opción que suena mejor.

—¿Vale? Y para cerrar este bloque, ¿cómo lidiamos con la negatividad? Se propone “La buena noticia es“.

—Es una técnica de reencuadrar. Si empiezas diciendo “La buena noticia es”, predispones a escuchar lo que sigue de otra manera. Por ejemplo: “La buena noticia es que sentir esa duda al empezar es supernormal”.

—Y muy relacionada con esto, mencionar la respuesta “Eso es genial” cuando alguien cuenta un problema.

—Sí, descoloca totalmente. “¿He intentado llamar tres veces y nada?”. Respuesta: “Eso es genial. Ya sabes tres momentos en los que no está disponible. ¿Cuándo podrías probar otra vez?”. Reencuadra el fracaso como información útil.

—Vale, llegamos al último bloque, centrado en conectar. Aquí destaca una frase difícil de usar: “¿Qué sabes?“.

—Es difícil porque hay que usarla con tacto para no sonar desafiante. El objetivo es invitar a alguien con una opinión muy fija a pensar de dónde saca esa idea: “¿Qué sabes sobre cómo funciona realmente ese proceso?”.

—Es como pedirle que ponga las cartas sobre la mesa suavemente.

—La meta no es pillar a nadie, sino que reflexionen sobre el fundamento de lo que dicen.

—Y hablando de conectar, la frase “¿Me harías un pequeño favor?” tiene un momento ideal: justo después de que alguien te dé las gracias.

—Por la reciprocidad. Cuando alguien te da las gracias, se siente en deuda. Pedir un favor pequeño en ese momento aprovecha esa buena disposición.

—Y para conectar a un nivel más profundo, la última frase: “¿Cómo te sentirías si…?“. Esta va directa a la emoción.

—Totalmente. Invita a la persona a sentir un escenario futuro, ya sea para ganar algo o para evitar una pérdida. “¿Cómo te sentirías si de aquí a un año ya no tuvieras deudas?”.

—Ese contraste entre cómo están ahora y cómo se imaginan que podrían estar puede ser un motor para la acción mucho más potente que la lógica.

—Bueno, queda claro que no son trucos mágicos, son herramientas que, si se usan con buena intención, pueden mejorar mucho cómo nos comunicamos. El objetivo no debería ser manipular, sino aclarar las cosas y descubrir qué necesita el otro.

—Sin duda, ser conscientes de cómo hablamos puede marcar una diferencia brutal.

—Y quizá una reflexión final: si estas frases funcionan porque cambian la dinámica de la conversación, ¿qué pequeño ajuste podríamos hacer nosotros la próxima vez para descubrir algo nuevo del otro o de nosotros mismos?.

—Pues sí, una pregunta interesante para seguir pensando. Muchísimas gracias por acompañarnos en este análisis a fondo.

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